
«Primavera» Óleo sobre tela de Liz Gridley
Voy a confesarles algo. El día que finalizamos el curso de Escritura Creativa en el CELARG en el año 2008, por cosas del destino cruel, uno de los representantes encargados de esa institución nos expresó categórico:
—Ustedes todavía no son escritores. Este apenas es el inicio de una larga carrera.
Quince años después reconozco que ese señor no estaba equivocado del todo.
Fuimos una muy bonita y entusiasta cofradía de «pichones de escritores y escritoras». Doce afortunados participantes (tal cual discípulos de Jesús). Aunque esta vez, nuestra líder era una fascinante mujer con poderes extraordinarios: Nuestra sabia facilitadora Penélope Hernández.
Penélope desde el primer día del Taller nos preguntó a todos los presentes, que en ese momento éramos como unas veintitantas personas:
—¿Ustedes se consideran escritores?... Yo a ustedes sí. Sinceramente.
Las caras perplejas, los murmullos y el desconcierto aún flotan en mi memoria.
Reflexioné aquella pregunta. Luego pensé con convicción:
«Sí. Yo me siento un escritor. Un escritor novato.»
Todo lo aprendido en este maravilloso Taller de Escritura Creativa cambió por completo mi realidad, créanme. Nunca más volví a apreciar un libro, una película o una serie de la misma manera. Lo primero que supe que pasó en aquel año mágico entre 2007 y 2008, todos los lunes, semana a semana y considerando que solamente una vez, Penélope no pudo asistir a darnos clases y nos lo participó formalmente por adelantado, que me quedo muy corto en manifestar la importancia y el gran valor de aquella entrañable jornada intelectual y creativa.
A posteriori, algunos pocos de ustedes, mis queridos colegas, me llegaron a expresar que me consideraban un ejemplo a seguir. Una inspiración. Y más recientemente me definieron como un Coach. Con esa templanza y entereza para avanzar por mis propios medios y así generar ese efecto mágico, motivacional.
¿Se han sentido motivados por mi trabajo, por mi desempeño?... Eso es muy halagador. Sin embargo, hoy 19 de diciembre de 2023, les quiero confesar algo revelador:
Antes de conocerlos en el CELARG, había realizado un breve Taller de Escritura Creativa, de apenas 3 meses. Pero mucho antes de eso, mi matrimonio estaba en crisis. Precisamente una década antes, en 1997. Mi vida se enturbió por dejar a un lado lo verdaderamente importante: Mi felicidad espiritual. Por trabajo en exceso, status, obligaciones económicas y todo lo que nos abruma, absorbe y limita a quienes tenemos familia y responsabilidades.
Mi relación de pareja y matrimonial se afectó seriamente en aquellos días por la simple razón de que yo sabía cuándo entraba a mi oficina, pero nunca cuándo iba a salir. Trabajaba en exceso. No tenía nunca un espacio para más nada. ¿Sabían que hice varios intentos fallidos para asistir a una academia de música para aprender piano y teclados?... Nunca avancé a pesar de que, gracias a mi trabajo, pude comprar el instrumento musical, los libros, softwares y demás que la Escuela de Música me ofrecían. Inscribirme y pagar las mensualidades me fue posible. Nada más gracioso o irónico, que justamente el Director de la Academia, al descubrir que yo ejercía como Director de Arte en una Agencia de Publicidad, me propuso muchos acuerdos “por intercambio”. De ahí vino poder tener otros pianos electrónicos y hasta un saxofón. También electrónico, por cierto.
Pero estaba en el trabajo equivocado. Ejercía mi profesión en una Agencia explotadora y absorbente. Claro, la contraparte fue que a nivel informático y de manejo de clientes aprendí un montón. La vida es así. Mi nivel profesional creció exponencialmente, lo reconozco. Pero mi vida personal se fue a pique. Gran cantidad de veces falté a la academia de música. Por las tardes debía irme para trasladarme a tiempo a las clases semanales. Muchas de ellas me fueron negadas por la necesidad de cumplir con horas extras por el intenso trabajo y el compromiso de mantenerme estable.
Un día me enfermé gravemente. Mi propio cuerpo dijo «basta».
Fumaba en exceso y una tarde sentí que si hacía un breve esfuerzo me faltaba el aire. Una mano invisible atenazaba mi garganta cuando me agitaba. Estaba sentado frente a mi computador culminando una de las tantas campañas importantes y urgentes, cuando todavía con un cigarrillo encendido en mi mano, sentí aquel terrible síntoma. Llegué a casa a duras penas, reconociendo que algo muy grave me estaba pasando.
Al día siguiente fui bien temprano al médico y me diagnosticaron «neumotórax espontáneo en el pulmón derecho». Lo tenía colapsado un 45% y debía ser hospitalizado e intervenido de emergencia. Me explicaron las posibles causas y riesgos. La depresión me invadió por completo. Yo mismo estaba somatizando todo lo que había permitido que me pasara, y comprendí de inmediato lo que debía hacer para reinvertir esa grotesca y triste situación.
Pese a la crisis matrimonial, mi esposa estuvo 100% a mi lado. Transitó junto conmigo ese penoso momento. Al recuperarme, regresé a casa. Me recetaron un mes de reposo. Justo ahí, a solas en mi hogar, con mi hijo y mi esposa (mi hija menor aún no había nacido), tomé una decisión transcendental. Tan trascendental como dejar de fumar. Decidí que renunciaría a ese empleo. A esa Agencia de Publicidad. Buscaría otra oportunidad que me permitiese estabilidad laboral, crecimiento y lo más importante: Tiempo valioso para compartir con mi familia; preciado tiempo para expandir mi mundo personal.
Durante esos días de reposo, mis dos pulmones volvieron a funcionar normalmente. Podía respirar y sentir con plena claridad. Fue justamente en esos días cuando formalmente decidí volverme escritor. Para ello era necesario empezar, por lo que logré de manera empírica escribir dos breves libros autobiográficos: «La Intríngulis del Mambi» y «Un Entresijo Entre Cejas». (Los diagramé, los imprimí y encuaderné primorosamente de manera casera, incluyendo por supuesto dos bonitos diseños de portada). Luego hice un “bautizo” entre mis amigos más íntimos. Fui muy feliz.
Todo lo que describo en estos mismos textos fue el primer material que presenté al primer Taller de Escritura que les comenté que realicé por tres meses, antes de que ellos mismos me recomendaran postularme en el Taller del CELARG y llegar a conocerlos y ustedes a mí.
En mi blog personal he publicado 190 entradas, durante doce años. Considero que es muy poco lo alcanzado. Pero ese es el ritmo que logré desde aquel importante día en que me autodefiní como «pichón de escritor». Mi alma comenzó a drenar muchas cosas acumuladas: Dolor, rabia, frustración. ¡Pero también asumió esa hermosa condición de ser libre, decidiendo elevarse a ese espacio infinito de las letras y la imaginación!

Saludos Alfredo, impresionante reacción de tu cuerpo al sometimiento continuo al estrés, buen relato, que bueno que reflexionó, dejó de fumar y se regaló días de esparcimiento, usted lo está contando porque sencillamente Dios no le dió visa.
ResponderEliminarMuchas gracias por la visita a este portal, estimada amiga... Ciertamente no fue tarea de un día... Dejé de fumar por tres años y luego lo retomé. Hasta que mi hija menor alcanzó los 6 o 7 años... Un día me puso un cartel escrito por ella misma y lo pegó en una de las paredes de mi cuarto. «Papi, deja por favor de fumar, eso te hace daño y yo no quiero que nada malo te pase». Así que con semejante solicitud, dejé para siempre ese vicio. Ya ella tiene 25 años y yo todavía mantengo firme mi palabra. La crisis matrimonial también se apaciguó en esa misma época, gracias a la Escritura Creativa, y al nuevo enfoque de ver la vida con "otros ojos"...
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ResponderEliminarQue gran escrito querido Alfred! 🤗
ResponderEliminar¡Me siento muy feliz de que te haya gustado, querida Jhoja!... 🤗 Estuve asimilando comentarios y sensaciones sobre la influencia e importancia del Taller, del reencuentro, del aporte de cada quien. Éste fue el resultado. Agradecido por tu visita. He estado dándole "retoques" después de que lo subí, porque se me han pasado pequeños errores. Luego que se "enfría" es que lo notas...
EliminarSincera y cruda reflexión, tal como si fuese dada a través de la ventanilla del confesionario en la Iglesia. Claro, siempre queda esa extraña sensación de alivio cuando escupimos todo lo que llevamos por dentro.
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