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Panchita, la rana.

 





Sabía leer y escribir la muy decente. Se hacía la loca, pero no lo estaba. Comía muchos insectos, uno detrás de otro. Se mareaba mucho cuando se asomaba por el riachuelo. Veía su propio reflejo en el agua y se asustaba. Jugaba con su propia sombra y reía de sus estupideces. Hablaba sola cada vez que se acordaba. Era una ranita muy pequeña que apenas había nacido. Todos en su pueblito la estaban buscando. Ella se había escapado desde que nació porque su mamá quedó aplastada bajo unas ruedas. La ranita no estaba segura de saltar porque le daba miedo llegar hasta el cielo donde se encontraba su mamá rana. La ranita había quedado huérfana, así que le tocó madurar a la fuerza. Se diferenciaba de otras ranas porque ella era más frágil, más sensible. Descubrió que no escuchaba bien por su oído izquierdo, cosa que la hizo aún más vulnerable. Panchita le decían las demás, ella se conformaba con ser llamada “Chita”.

Comía hormigas que venían en fila, si no estaban en fila no le interesaban. Bueno, la hormiga que no seguía las reglas se salvaba. Chita se la pasaba el día pensando en cómo las ranas pueden tener una temperatura tan baja. Se la pasaba helada, pero disfrutaba la vida. No le quedaba de otra. Su mamá le había enseñado que la vida pasa muy rápido y que es mejor dar un salto seguro que muchos pasos en falso. Es más sabio aquel quien llega algún día que aquel que nunca llegó. La mamá de Chita le enseñó muy bien que los gusanos se arrastran antes de ser mariposas y que las mariposas vuelan antes de perder sus alas. “Todo es temporal” recuerda la ranita.

La voz de su madre resuena en lo más profundo de su corazón cada vez que ella cierra los ojos. Chita se pregunta ¿Dónde está su mamá en estos momentos? Su cuerpo murió, pero sólo eso… la piel se desintegró, pero su mamá sigue viva. Chita aún recuerda el macabro sonido de ese tractor gigante manejado por humanos quienes a veces se olvidan de mirar hacia abajo por siempre estar mirando al unísono. Los humanos a veces no miran a los lados, porque no pueden saltar como las ranas. Se vuelven fríos sin serlo y se olvidan de la perfección de la imperfección del momento. Aquella rueda de ese tractor gigante se acercó agresivamente y sin pensarlo se llevó a la mamá de Chita sin piedad. Ahora la rana Panchita está sola en el medio de los charcos, buscando su propia identidad. A pesar de no escuchar mucho, la ranita se conectó con un susurro en sus patas delanteras que le decían sigue saltando como nunca antes. Salta hasta llegar al cielo porque aquí te espero, pero antes de dar ese gran salto, mira a los lados, recuerda tu voz y no te distraigas en tu foco.

Esa voz sigue vive en el corazón de a ranita. Es la voz de su mamá que aún sigue viva, en otro plano, acompañándola. Chita sólo tiene que cerrar ojos y saltar muy alto para escuchar el mensaje…

Comentarios

  1. Un relato muy conmovedor y reflexivo. Sensible y profundo. Me enterneció. Nada más leerlo y apreciarlo, es tuyo, posee tu estilo, el cual maneja, muy acertadamente, realismo mágico, humor y filosofía de vida. ¡Estás avanzando y soltando ese talento en cada publicación! ¡Sigue así!

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