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El Descubrimiento (Una Aventura Arácnida Parte 11)



—Su majestad. Requiero hablar con usted.

—Pues habla. —Quedé paralizada.

Nunca había experimentado nerviosismo alguno en mi vida, nunca, jamás. Los arácnidos somos criaturas de temple, nacidas para mantener el mayor autocontrol frente a cualquier criatura, incluso aunque fuese más grande, más fuerte, peligrosa o intimidante. Y ante cualquier situación extrema, la que fuese. Pero, inexplicablemente, mis fuertes extremidades que me habían permitido caminar con total soltura sobre la superficie del agua, (acción que me resultó sumamente divertida debo confesar), justo al estar frente al rey crustáceo, me hicieron literalmente “caerme”.

Plash.

Me hundí ridículamente frente al rey.

Descendí como una piedra en un río, y sé que no reaccioné de inmediato porque me sentí ridícula, amedrentada. ¿Qué carajos me estaba sucediendo?... Dentro del letargo de estar bajo el agua, quedé unos instantes suspendida, ingrávida, hasta que realicé un simple movimiento con mis extremidades y de inmediato fui impulsada hacia la superficie. Caí suavemente sobre el agua, pero esta vez, no me hundí.

—Vaya. Conocer esta cualidad tuya es maravilloso, créeme.

Alan me vio a los ojos con una sincera admiración y una expresión disimulada de estar disfrutando mi improvisado espectáculo.

—No fue intencional, mi señor.

—¿Ah no?...

Di un brinco estratégico hacia una roca próxima al rey.

—No.

—De igual forma me has sorprendido gratamente. Y eso no es usual. Pocas veces me sorprendo. Los crustáceos nacemos, vivimos y morimos en la grandiosidad del vasto mundo marino. Y ya eso, es más que suficiente.

—Nunca había estado en mi vida bajo el agua, nunca. Hasta este momento.

—¿Y qué te ha parecido? ¿Te agrada?... —Alan volvió a verme con una intensidad que me dejaba claro que no era una pregunta superficial.

—Desearía aprender a nadar y conocer su mundo submarino, majestad. Todo lo que sé de él ha sido por las historias que los más sabios de mi raza me habían contado. Nada más.

—Si es así. Ven conmigo Lana. Tengo algo importante que mostrarte. Sé que los arácnidos son capaces de mantener la respiración por largos períodos de tiempo. ¿Es eso cierto?... —Alan me sujetó brevemente con una de sus tenazas, con una sutileza adorable.

—Sí, es verdad. Aunque lo que logramos hacer, es crear una burbuja de aire alrededor de nuestra boca, el cual vamos consumiendo lentamente. Mientras más esfuerzo hagamos, más rápidamente se acabará ese aire.

—Genial. Te ayudaré a nadar esta vez Lana. Así, no tendrás que desgastar energías. A donde vamos es lejos de la costa. ¿Me acompañas?... Y a cambio, sabré contestar todas las preguntas que has deseado tanto hacerme.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Claro que sí!





Con total agilidad ambos nos zambullimos. Confiaba en él, instintivamente. Su capacidad de nado me sorprendió tal como a él la mía de caminar sobre el agua. Nos deslizábamos con rapidez, fluidez y soltura. El balneario estaba conectado con el gran océano coral. Unos canales submarinos formados precisamente por corales de hermosísimos colores demarcaban la entrada y salida. Infinidad de peces, moluscos y otros crustáceos se desplazaban a nuestro alrededor, haciéndole reverencias a su rey. También había vaporosas algas y muchas medusas. Sus tentáculos me parecían familiares… Muchas patas en un solo ser.

Pero aquella belleza inaudita multicolor se fue ensombreciendo gradualmente, a medida que nos íbamos adentrando más y más en una densa y desagradable oscuridad. Sentí una sensación de repulsión, rechazo, hacia ese destino al que Alan, el rey crustáceo, me llevaba. Fue la primera vez que lo oscuro y tenebroso se volvió algo desagradable y repulsivo para mí. Increíble.

«¿A dónde me llevabas, Alan...?» Pensé con incomodidad. Pero casi como si en verdad Alan hubiese escuchado mi pregunta, se detuvo abruptamente. Sus estilizadas antenas danzaban sobre sus diminutos ojos. Y haciéndome una seña, subimos rápidamente hasta la superficie. Al instante recordé el poder de sus antenas. Ciertamente me “escuchó”.

—Hasta acá es lo más lejos que podemos avanzar bajo el mar, Lana. Allá, en el horizonte, está la respuesta a lo que produjo la hambruna en nuestro planeta y la guerra entre nuestros clanes. Es esa cosa. Calló de los cielos. Primero envuelta en llamas, luego el fuego se apagó y desde hace más de dos ciclos solares, nadie ha salido de ella.

—La veo. ¿Sabes qué es eso?...

—No exactamente. Mis legionarios y yo logramos acercarnos lunas atrás, pero no lo suficiente. Por ser el rey, no permitieron que avanzara hasta que ellos se aseguraran que fuese seguro.

—¿Y lograste acercarte?...

—No. Lamentablemente, no. Toda la legión quedó atrapada en esa espesa y repulsiva sustancia grasienta. Ninguno logró regresar. Esa materia líquida proviene de esa torre blanca e inerte que está semi sumergida. Millones de crustáceos murieron. Y millones de otros organismos marinos, al entrar en contacto con esa materia oscura. Me atrevo a decir que es, tan letal como tu veneno arácnido.

—O tal vez peor.

—Cierto. Por eso, creo que, a partir de este punto, deberás avanzar sola Lana. Necesitamos verificar qué hay dentro de esa cosa, y en caso tal encontrar algún modo de sacarlo del océano y llevarlo a tierra firme. Tienes esa capacidad de caminar sobre el agua. Este es tu momento. Confío en ti.

Continuará

Comentarios

  1. ¡A caminar sobre el agua Lana! Muy bueno el uso de imágenes del mundo marino. De verdad que me sentí nadando por ese océao con Alan y Lana... no sabía que las arañas pueden sobrevivir bajo el agua y forman como una especie de burbuja. Super interesante... sigue adelante Alfred, ¡vas muy bien!

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    Respuestas
    1. Como te expresé por voice, ya estoy dándole los toques al capítulo final de esta serie. Agradecido y honrado por tu visita. Sí, eso de que pudiesen valerse de ese recurso para mantenerse bajo el agua, tampoco lo sabía. ¡Los artrópodos son fascinantes!

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